Recuerdo que uno de mis profesores de antropología usaba un ejemplo para indicar cómo debía proceder un antropólogo en una investigación: usted se para en el centro de una ciudad, entrevista a varias personas y les pregunta: ¿es cierto que para los colombianos matar es malo? Registra sus respuestas. Luego, analiza las estadísticas sobre asesinatos y compara: el 100% asegura que matar es malo, pero en Colombia la tasa de homicidios ronda los 35 muertos por mil habitantes. ¿Falló la representatividad de la muestra o estoy analizando incorrectamente el problema? ¿La gente hace cosas que sabe son malas? Cambiemos la pregunta. Usted se para en una esquina, entrevista a varias personas y les pregunta: ¿es cierto que en Colombia se debe pasar la calle solo cuando el semáforo está en verde? ¿Es cierto que el conductor debe respetar el paso de los peatones? Y, sin embargo, el panorama no cambia: la gente sigue respondiendo con rectitud moral, pero sus acciones indican lo contrario. Con esto, mi profesor introducía la máxima del ejercicio etnográfico en antropología; las personas dicen de sí mismos una cosa, hacen otra y se justifican de otra manera.
En estas elecciones se puso de manifiesto esa moralidad de múltiples capas. Miles de personas se preguntan cómo un candidato que se ufana de ser mezquino, mentiroso, bravucón y obsceno puede lograr semejante cantidad de votos; pero, por el contrario, el candidato Cepeda, que se muestra generoso, sincero, sopesado y recatado, no obtiene las mayorías que se supone debe obtener alguien con esas cualidades —existe una expectativa equivocada sobre “lo bueno” como algo objetivo—. Si usted le pregunta a un elector que vota por Abelardo de La Espriella por qué decidió apoyarlo, es probable que recurra a una engañifa para indultar moralmente a su conciencia; diría —tal como escuché en una entrevista de María Jimena Duzán— que teme a la constituyente, que teme a que el país sea tomado por bandidos, que teme perder su empleo. Esas engañifas tienen la misma función que el cántico de una persona que pasa por un callejón oscuro a media noche: son la negación de algo más profundo. “Cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro.” (Freud, Cap. II, 1926, Inhibición, síntoma y angustia). Sin embargo, la engañifa cede su espacio al insulto descarado y la agresión en espacios públicos; allí, el individuo se regodea de su obscenidad y hace alarde de su desprecio por los otros. Aflora su verdadera consciencia.
Para mí, es claro que las elecciones presidenciales se guían fundamentalmente por lo abstracto y no por lo concreto —en términos hegelianos, hacer abstracción es tomar una parte y asimilarla como el todo—. Para tomar su decisión, la mayoría del electorado se basa menos en el programa de gobierno de los candidatos que en su comportamiento. La afinidad moral con el candidato es mucho más importante que su programa de gobierno. Esto tiene pleno sentido, porque creer en un programa de gobierno sin el gobernante—una idea sin persona—, es una desnaturalización de lo ideológico; es platonismo en su sentido más originario. Por ello, se equivocan quienes observan con asombro moral el comportamiento de diez millones de votantes en las elecciones presidenciales: están observando una multitud comportarse en su fuero interno, con los valores característicos de nuestra época. Acá lo interesante sería estudiar cómo logró Abelardo de la Espriella, con sus rasgos perversos, diluir las barreras que sofocaban el narcisismo libidinoso de esos diez millones de colombinos con tanta rapidez.
Quienes nos identificamos con otros valores debemos comprender la realidad con todas sus aristas. Para muchos, Abelardo de la Espriella es un referente idílico de su propia personalidad, así como también hay quienes han confundido su obscenidad con sinceridad moral —piensan que afirmar sin pudor que le complacía asesinar gatos es propio de alguien “que no tiene nada que ocultar”—. Ese comportamiento de los abelardistas, que parece por momentos psicopático, está fuertemente justificado por la sociedad contemporánea; no es una infección moral, sino la moral misma de esta sociedad. Lo que observamos en el abelardismo —antes Hernandismo, antes Uribismo y que también es trumpismo, meleismo, fujimorismo— es un estado de ánimo natural de una sociedad que privilegia el valor de las cosas sobre las personas, una sociedad hipersexualizada y mercantilizada.
Para finalizar, quiero aclarar las motivaciones que me llevaron a escribir este panfleto ilustrativo. Quienes me conocen, saben lo alejado que estoy del progresismo. Buena parte de mi vida decidí abstenerme, y en otros momentos, decidí votar en blanco. Sin embargo, estas elecciones se han impuesto como un examen moral para mí: una sociedad que encumbra la perversión como ideario político merece ser replicada. Sé que hasta tanto no encontremos otra forma de vivir, no organicemos nuestra existencia sobre otros pilares, los Abelardos volverán a la tierra, como cualquiera de los avatares de Vishnu: se manifestará de otra forma y nos seguiremos haciendo daño.
De esta forma, decidí acompañar mi voto crítico por Iván Cepeda con este panfleto.
